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El Castillo

EL CASTILLO.

La primitiva fabrica data del tiempo de los romanos; sobre ella se levantó una fortaleza musulmana. Se fortaleció durante la Edad Media, y luego restaurada por el citado Bernardino Fernández de Velasco, y quienes lo fueron heredando: Don Pedro y don Iñigo.

         No siempre el señor feudal moraba en el castillo, ya que la corte real se desplazaba según acontecimientos, y quienes les servían, tenían posesiones a lo largo y ancho de Castilla. Tal era el caso del linaje de los Fernández de Velasco.

         Sobre la puerta claveteada de la entrada al castillo, en las dovelas que la enmarcan quedaron las armas de Don Pedro.

           Los distintos condestables habitaron en él con frecuencia; por sus intereses chocaron contra los de la Comunidad de Villa y Tierra de donde surgieron conflictos que hubieron de ser llevados ante la Justicia, temas profundamente estudiados por don Luciano Municio Gómez, publicados los años 1986, Pedraza y su Tierra, y en 1992 y 2007, Legajos apolillados

         El castillo era inexpugnable para quienes acometieran con armas de aquellos siglos la enriscada fortaleza. Para alcanzar los lienzos del sur, habían de forzar la única puerta de entrada a la villa amurallada.

           Llegar al castillo, salvar el foso y echar por tierra al imponente puerta, defendida por garitotes, unidos entre si por barbacana provista del mejor sistema defensivo.

         Allí esperaba al atacante el bajado rastrillo, luego un reducido zaguán antes de la entrada al patio de armas, la torre del homenaje de tres pisos, también fortificada. A la derecha, para acceder al patio, una puerta ojival con peine, a los pies de compacto muro; luego un pasadizo estrecho, fácil de defender, y al fondo la plaza de armas, defendible desde los altos muros que la limitaban. En él, para el invasor todo eran trampas: estrecha escalera de caracol, pozos, pasadizos subterráneos y las lóbregas mazmorras.

         Hoy, los torreones recuerdan lo que fue, una planta poligonal, fábrica de sillería, circundada de matacanes y almenas que van de garitón a garitón.

          Fácil defensa, como ejemplo, ante los ataques de las fuerzas del rey don Enrique IV que envió para debilitar el campo dominado desde el castillo de Turégano donde señoreaba el obispo don Juan Arias Dávila, partidario de Isabel la Católica.

         Hoy presenta la desnudez de los muros, en otro tiempo habitaciones cuyos apoyos son ostensibles. Posiblemente correría sobre el centro del patio una galería orientada al mediodía.

         La Historia ha recogido un hecho que, al castillo de Pedraza ha dado merecido recuerdo. En él, durante cinco meses escasos fueron huéspedes obligados Francisco, Delfín de Francia y duque de Bretaña y su hermano Enrique, duque de Orleáns. Para ellos se abrieron las puertas el 18 de mayo de 1529. Venían acompañados los príncipes amplio cortejo de servidores así como del personal que les custodiaban. Francisco I, el padre, había sido hecho prisionero de las tropas del emperador Carlos I en la batalla de Pavía, 25 de febrero de 1525. Encarcelado en Madrid obtuvo su libertad firmando el “Tratado de Madrid”. Con el fin de asegurar que Francisco I cumpliría lo estipulado mandó en rehenes a España a los dos hijos citados. El condestable Fernández de Velasco y su hermano, en marqués de Berlanga, don Juan de Tovar, marqués de Berlanga, cuidaron de la seguridad de los niños.

     Doce Colmenares en su “Historia de la insigne Ciudad de Segovia” , tomo II, página 217:

Nuestro corregidor partió por orden el Emperador a Pedraza; donde en diez y seis de marzo de este año [1530] alzó al condestable y a su hermano el pleito homenaje de las guarda de los príncipes. (...) Alzado, se obligó el condestable a ponerlos en Fuenterrabía, donde concurrió la reina doña Leonor, a quien acompañaba nuestro obispo. Habiendo don Álvaro de Lugo, corregidor de Valladolid, por orden del emperador, y conforme al tratado de Cambrai entre la reina madre de Francisco y madama Margarita, tía de Carlos, contado en Bayona de Francia un millón y doscientos mil escudos de oro del sol, de setenta y un escudos y medio de peso por marco; y de ley de veintidós quilates y tres cuartos en diversas monedas.      

     Queda cerrado el episodio de las presencia de los hijos del rey de Francia, Francisco I en Pedraza.

                                     Mariano   Gómez de Caso Estrada

    

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